El 'best seller' de un policía

AFP (Agencia France-Presse)

MADRID. - El agente Javier Ramón González, a través del personaje 'Espíritu González', desnuda la figura de los policías en su libro, 'De patrulla con Filípides'. Un exitazo editorial unido a su afición por el maratón. "Correr ayuda a que no se me escapen los delincuentes", explica

Trabajaba en una frutería. Pero buscaba algo más. Opositó a la Policía y consiguió plaza. Y después se aficionó a correr y se negó a aceptar aquel viejo prejuicio que decía que "correr es de cobardes". Demostró todo lo contrario, "que correr es de valientes". La prueba podría ser él: "Porque corriendo impido que se me escapen los delincuentes". Y un día, tal vez en esas inacabables noches de patrulla por las calles, el corazón le pidió escribir un libro en el que relacionar su trabajo de policía con su pasión como maratoniano. Y, casi sin darse cuenta, Javier Ramón González (Cartagena, 1973) desnudó a buena parte del policía que lleva dentro; a sus casi veinte años de servicio y, en definitiva, a un hombre acostumbrado a jugarse la vida. El libro, titulado De patrulla con Filipides, va por su cuarta edición. Se lo autoeditó él y, ahora que prepara la segunda parte, volverá hacerlo. A través de las redes sociales ("el 95% de los libros los he vendido a través de mi cuenta de Twitter @spiritugonzalez"), ha encontrado un filón que no sólo justifica el trabajo realizado. También ha conseguido crear un personaje, llamado 'Espíritu González', que ha sabido vender con inteligencia. Ha sido capaz de llegar al corazón de los ciudadanos y de avisar a los jóvenes que opositan para la Policía de lo que significa entrar en el Cuerpo.

Entonces el trabajo de policía no tiene nada de aburrido. Uno ve a los policías en esos coches, tantas horas por la ciudad... 

Al principio, lo puede parecer. A mí mismo me lo parecía. Yo venía de un trabajo en el que tenía mucho movimiento. Estaba en una frutería y no paraba, la gente, la caja, el día a día.. Y, de repente, me subí a un coche de policía en el que veía como pasaban las horas y llegué a preguntarme: "¿Para esto me pagan?". Pero luego descubrí este trabajo que me impidió pensar así. Un policía no sólo se limita a poner multas. También puede detener a los malos de las películas, ayudar a la gente y sentir emociones de las que no te olvidas nunca.

Su libro empieza con una misión en la que llega a la casa de una chica que se había ahorcado.

Sí, es verdad. Quería escribir el libro con el corazón. No con el uniforme puesto. No quería vender a un policía, sino la parte humana de un policía, de un hombre que vive situaciones de riesgo en la que a veces se te suben las endorfinas. A partir de ahí, me di cuenta de que sin querer escribo emociones, en las que a veces juego conmigo mismo. De pronto, hago reír o hago llorar. Pero en el caso de esa chica no lo olvidaré nunca. No se puede olvidar. Fue un milagro. Si mi compañero hubiese cortado la cuerda cinco segundos más tarde, no la hubiésemos salvado. Así nos lo dijeron los médicos y, claro...

Habla de una profesión parecida a la de las películas. ¿No exagera?

No, nada. Créame que no. Hay gente que me dice que me he desnudado en exceso y, sin embargo, a los compañeros, que me han leído, no he conseguido sorprenderles en casi nada, porque están acostumbrados a todo esto. Sin ir más lejos, en el caso de la chica ahorcada, al año me enteré que tenía el virus del SIDA. Y, como yo llevaba un año encontrándome mal, me quedé helado. Porque justo en el momento en el que mi compañero cortó la cuerda, salieron de la chica todos los flujos vaginales, sangre, orina... Cayó todo encima de la herida, que acababa de hacerme en el muslo. Y al enterarme, el hecho de leer los síntomas en Internet y ver que todos coincidían con lo que me pasaba, viví los peores días de mi vida hasta que me hice las pruebas y los resultados demostraron que no tenía nada. A posteriori, he conocido el caos de compañeros que han sido infectados por el virus en acto de servicio y han tenido que retirarse. Se me ponen los pelos de punta.

La calle es complicada.

Hay mucho peligro. Últimamente, nos están friendo a robos en los que ya no es como antes. Ahora, los delincuentes van armados hasta los dientes y no dudan si tienen que disparar. Yo trabajo en Torre Pacheco, un pueblo de 40.000 habitantes que naturalmente no es como una capital. Pero también somos menos policías. Y, además, siempre pasan cosas. Al final, haces recuento y ves que casi siempre salen dos o tres veces al año en la que te has jugado la vida, porque igual tienes que saltar una terraza o poner el coche a 160 en una persecución. Y entonces vuelves a darte cuenta de que un coche puede ser más peligroso que un arma de fuego. Y, quizá, el problema es que acabas estando tan cerca del peligro que a veces no te das ni cuenta.

¿No es adictivo el peligro?

A veces, estás tan cerca de él que no te das ni cuenta. Sólo un escalofrío recorre tu cuerpo ajeno a lo que te ha pasado. Pero, sí, creo que sólo hay que leer el libro para saber que no difiere en mucho la profesión de las intervenciones de riesgo que vemos en las películas. Persecuciones a alta velocidad, detenciones a delincuentes peligrosos, salvar la vida de personas que puede llevar aparejado un peligro insospechado para tu propia vida... Eso es real. Eso lo he vivido yo. Eso lo vivo.

¿Necesitaba contar todo esto?

Quería escribir, sí, quería demostrarme a mí mismo cómo poder contar esto. El tiempo me ha demostrado que de policía no puedes dejarte influenciar por las emociones. Sin embargo, escribiendo pensaba que sí podía hacerlo y he superado esas dudas. Me ha gustado. Siempre me gustó escribir. Busqué una idea distinta y la encontré. Relacioné al maratoniano que llevo dentro con el policía que soy. Relacioné la línea de meta, que anhelo como atleta, con la resolución de un conflicto o de un delito que llevas tanto tiempo esperando. Y lo he hecho. Y la gente me felicita por como lo he hecho. Hay muchos que me preguntan cuándo va a salir la segunda parte.

¿Y desde la Policía no le han llamado la atención?

No, no, para nada. Es verdad que todo lo que cuento es real, vivido por mí, pero he escrito con cierta inteligencia. Los nombres son falsos, las calles no existen, los pueblos están desubicados... Yo no puedo contar lo que he contado y dar nombres. Todavía tengo los pies en el suelo.

¿No es usted demasiado emotivo para ejercer de policía?

Las emociones te equivocan. No puedes dejarte influenciar por ellas. Al menos, en este trabajo. Nuestra vida es así. Ser policía es así. El tiempo te lo descubre. Yo llegué al Cuerpo buscando una estabilidad, pero claro que tenía dudas. No sabía cómo iba a reaccionar cuando viese la sangre. Claro que necesitaba familiarizarme con el traje de policía. Y me costó. Pero, una vez que lo logré, comprobé la magia del uniforme. Te recuerda que tú estás ahí para ayudar y que te pagan para eso. Y, en definitiva, te da una fuerza que te hace sentir, incluso, capaz de detener a un delincuente, aunque mida dos metros.

¿En qué se parece un policía a un escritor?

En que siempre estamos con el bolígrafo (risas) lo que, por supuesto, es una broma. Además, yo tampoco me considero escritor, escritor. Escritor es mi paisano, Pérez Reverte, pero yo... Veremos si con el segundo libro, que está a punto de publicarse, cambio de opinión.

Pero usted ha sabido llegar al público. Ha presentado su libro en casi toda España. Y nada de eso es fácil con la competencia que hay. Por eso quería hablar con usted.

He sabido crear un personaje. Eso sí lo acepto. Pero un personaje no inventado, sino un personaje que llevo dentro que cree en él y en transmitir el espíritu de la superación. Por eso creo que el libro refuerza la motivación del que lo lee. Los opositores a policías, por ejemplo, se sienten encantados.

Quizá lo más difícil sea vender libros. 

He comprobado que si quieres vender debes currártelo mucho. Hoy en día, vender un libro no es fácil, es demasiado difícil. Pero, claro, si escribes es para que te lean o como mínimo para intentar que te lean. Debes luchar por ello. En ese sentido supongo que el escritor es un reflejo del policía o del atleta que soy. Cuando escribes hay momentos en los que no sientes la inspiración a tu favor. Pero entonces debes seguir creyendo, en mi caso, me doy golpes con la punta del bolígrafo que es como mi amuleto. Y, al menos, en este primer libro, jamás dejaba de pensar en el día que lo viese publicado. Suponía que eso tenía que ser grandísimo. Y lo fue, sí.

Usted dice en el libro que "uno no vuelve a ser el mismo después de correr un maratón". ¿Eso también cambió al policía?

Sí. Correr me ha dado tranquilidad. Me ha hecho mejor persona, mejor policía. Me ha abierto la ventana de un mundo mejor en el que todo es posible. Si me apetece pensar, me voy a correr, pero es que si me apetece desconectar, u olvidarme de todo, salgo a correr y también cumplo ese deseo. Y, además, siento una paz que no tengo cuando voy en bicicleta y estoy más expuesto a los accidentes y tengo que ir mucho más alerta.

¿Hay delincuentes que le exigen correr mucho?

Hay que estar preparado. Sí, claro. En realidad, es una de las razones del libro: la enfermedad, la valentía, el miedo, el hecho de no ir a trabajar con miedo... O el sacrificio que, sin ir más lejos, descubres cuando preparas el maratón. Al principio, no piensas que vayas a ser capaz de asumir tanto sacrificio en tu vida. Y, sin embargo, el maratón te convence de que puedes hacerlo y te refuerza en la vida diaria. Ser policía es exigente, sobre todo, porque trabajas a turnos que pueden maltratar tu vocación. Hay fines de semana, hay fechas marcadas en el calendario, hay Navidades, hay noches que se hacen muy largas. Pero aprendí que uno tiene que estar ahí. Es mi manera de ganarme la vida.



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