Condenado a 20 años por defender los derechos de las mujeres


El 27 de octubre de 2007, el joven afgano Sayed Parwez Kambakhsh fue detenido por haber distribuido un texto de internet sobre los derechos de las mujeres. Después de numerosas protestas, la condena a muerte inicial fue conmutada por 20 años de cárcel. Su hermano, testigo de la detención, relata para DIAGONAL el espíritu represivo de un “sistema totalitario y contrario a los derechos humanos”, apoyado por Occidente y legitimado por la intervención de la OTAN y EE UU.



Condenado a 20 años por defender los derechos de las mujeres

Recuerdo cómo a las 10h del 27 de octubre de 2007, cinco agentes de los servicios de inteligencia afganos irrumpieron coléricos y armados en nuestra habitación en Mazare Sharif, donde mi hermano Sayed Parwez Kambakhsh y yo vivíamos juntos. Decían poseer autorización para detener a mi hermano bajo la acusación de haber cometido blasfemia. Les rogué una explicación, porque no daba crédito a lo que estaba sucediendo, pero no me respondieron. Ataron las manos de mi hermano con un paño viejo y se lo llevaron en volandas a su mazmorra.

Una semana más tarde pude visitar a Kambakhsh en la cárcel provincial de los servicios secretos afganos. Mi hermano estaba enfermo y lo habían torturado horriblemente. No nos permitieron saber más de su salud ni darle medicamentos.

Fabricaron la causa imputándole haber descargado de internet y distribuido un artículo que trataba sobre los derechos de las mujeres y la religión. Presidido por mulás de mentalidad talibán, el tribunal local de la norteña provincia de Balj lo condenó a muerte. Todo se llevó a cabo a puerta cerrada y sin derecho a la defensa.

Recurrimos. El 21 de octubre de 2008, el tribunal de apelación en Kabul confirmó la acusación de blasfemia y conmutó la pena de muerte por 20 años de cárcel. Volvimos a recurrir en última instancia al Tribunal Supremo, que confirmó la segunda sentencia el 21 de febrero de 2009. La decisión del Tribunal Supremo fue un golpe incluso más duro que la primera condena, porque no informaron a Kambakhsh ni a la familia y nos enteramos un mes después por fuentes indirectas. Escucharéis a supuestos expertos decir que la sociedad civil afgana es atrasada, oscurantista, violenta…

Pero nadie os dirá que en todo el país no ha habido señales de rechazo social contra Kambakhsh y sí en cambio muestras de cariño y solidaridad popular: en un solo día se produjeron manifestaciones en 15 provincias para exigir la libertad de mi hermano. Periodistas, mujeres, estudiantes, campesinos, gente sencilla… multitud de compatriotas han arriesgado sus vidas para solidarizarse con Kambakhsh saliendo a la calle en Kabul, Jalalabad, Herat, Mazar o Farah.

Las minoritarias facciones fundamentalistas que están en el poder defienden que se castigue a mi hermano, pero no son representativas de nuestro pueblo, sólo sus verdugos. Por desgracia, estas facciones gozan del amparo de los gobiernos occidentales. Los intereses de un puñado de facciones armadas están separados de los anhelos del pueblo de Afganistán, que exige justicia, democracia y derechos humanos. Desde ahí o desde aquí, luchamos codo con codo por un mismo objetivo.

Nos honra saber que todas las personas y entidades implicadas dentro y fuera del país están cumpliendo con su responsabilidad. Debéis saber que la sentencia contra mi hermano ha sido ejecutada por un sistema que recibe todo el apoyo de los Estados occidentales, como por ejemplo el español.

Los gobiernos occidentales están dando aliento a un sistema totalitario y contrario a los derechos humanos, a los derechos de las mujeres y a la democracia. El caso de mi hermano es sólo un ejemplo, pero aquí se sufren cientos y cientos de casos parecidos, sin que nadie lo sepa. La comunidad internacional ha justificado su presencia armada en Afganistán de diferentes maneras, una de las más repetidas es la defensa de la democracia y la libertad de expresión. Parece como si en el caso de Kambakhsh sufrieran amnesia, porque no preguntan de veras a Karzai por qué en un país amparado por la comunidad internacional leer un ensayo sobre los derechos de las mujeres representa una peligrosa actividad delictiva.

En la otra orilla de este caso se encuentra el Gobierno afgano. Se trata de un régimen corrupto y ocupado por fundamentalistas, que juega con la opinión pública internacional. Karzai un día promete liberar a Kambakhsh y al otro afirma que no puede interferir en un proceso judicial.

El caso de Kambakhsh se ha convertido en un pulso entre la tiranía y la justicia en mi país, uno de los teatros de operaciones geopolíticas más importantes del mundo. Su importancia también reside en su relación con el futuro que espera a la libertad de expresión y de pensamiento en Afganistán.

La información está en manos de las facciones fundamentalistas, y el Gobierno de Afganistán se nutre de ellas. Sólo están dispuestos a permitir que los periodistas escriban aquella parte de la información que no vaya en contra de sus intereses. Si alguien se atreve a traspasar estos límites, le espera un destino parecido al de Kambakhsh. No sólo los talibanes están contra la libertad de expresión, también las otras facciones fundamentalistas que con otros nombres, comparten ideas y cuentan con el favor de la comunidad internacional. El problema no sólo son los talibanes, sino el talibanismo, secundado por todos los fundamentalistas, quienes con sus crímenes son los enemigos de todos los valores de la humanidad.

Depende ahora de la comunidad internacional dejar de apoyar a estas facciones. El futuro de la libertad de expresión y la democracia en Afganistán está vinculado con la visión y la comprensión internacional sobre esos valores en este país. ¿Son universales o nosotros no tenemos derecho a ellos?

Hay que dejar de dar cobertura a los enemigos de Afganistán y que sea la nueva generación afgana la que reconstruya el país con sus propias capacidades. La gente que puede y debe garantizar el futuro de Afganistán no son los criminales de guerra que Occidente alienta, sino esta generación joven, autodidacta y educada, que ha crecido en los horrores de la guerra y la falta de libertad. Creo que la experiencia de siete años de fracasos desde 2001 es una razón más que suficiente. Si un día la generación afgana carente de vínculos con las facciones criminales conquista la oportunidad de manejar la situación, podemos afirmar sin ningún género de dudas que nadie en el futuro será castigado por leer sobre los derechos de las mujeres y defender la libertad de expresión, como mi hermano Kambakhsh.

POR SAYED YAQUB IBRAHIMI, KABUL

Domingo, 5 de Abril 2009
Diagonal, España
           


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