Fiscalías especializadas en delitos comunicacionales


Aquel que decide usar (individual o corporativamente) una o varias herramientas de comunicación para mentir, calumniar, exhibir o criminalizar a personas u organizaciones (y una larga lista de ataques diseñados por laboratorios de guerra psicológica) comete un delito que, hasta hoy, mayormente goza de la impunidad más absoluta.



Una imagen de un programa de CNN
Una imagen de un programa de CNN
Es la muerte mediática de las personas y las organizaciones bajo la bendición de las mafias que se adueñaron de la economía, del poder y de las herramientas de producción comunicacional y cultural. Lo denuncia ya el Informe MacBride desde 1980. No existe un sistema (realmente existente) capaz de instruir justicia veloz y consensuada para poner a salvo a las víctimas o, en su caso, proveer la reparación de daños de manera pertinente y suficiente. Lo que hay es palabrerío leguleyo y burocracia sorda.

Hay casos a mansalva, de alcance nacional e internacional. Todos los días en las pantallas de televisión, las radio difusoras y la prensa escrita… en las “redes sociales” y en cuanto foro controlan las mafias del poder, alguna persona o alguna organización política es acribillada con falacias, calumnias o agresiones de todo tipo. Se despliegan todas las formas de la ofensiva impune que recorre desde las “humoradas” aparentemente intrascendentes, la siembra de sospechas infundadas y las acusaciones sin prueba. Usan tonos dramáticos o risotadas burlonas, usan argumentos con tono erudito y usan las emboscadas ideológicas más perversas para imponer a la “opinión pública” el imaginario perverso de sus mentiras siempre obedientes a los intereses de la clase dominante. No importa a qué o a quién sacrifiquen, parcial o definitivamente, en la “plaza pública” de las canalladas oligarcas.

 Hay “políticos” que han desarrollado campañas electorales basadas en mentir sistemáticamente sobre los temas más sensibles a la sociedad pero a sabiendas de que incumplirían cada palabra. Hay programas de televisión, disfrazados de “debates” desde donde se pertrechan a diario las ráfagas más inclementes de falsedades y acusaciones contra lideres y organizaciones políticas que no son de su agrado mercantil. Hay páginas de Internet dedicadas exclusivamente a insultar y esparcir falsedades sobre personas que no tienen el más elemental derecho a su defensa legitima. Reina un sistema de miedo instalado para disciplinar o para aniquilar el disenso o la crítica. Para colmo se han instalado los métodos de despido masivo contra periodistas o lideres de opinión popular y con el despido viene una catarata de falacias que añade desprestigio al desempleo. Sigue siendo un ejemplo emblemático mundial la portada del diario español El País, que exhibió, con insidias de género diverso, la imagen de una persona a la que se le hacía pasar por el presidente Hugo Chávez. 

No existe todavía una disciplina síntesis que articule al campo del derecho con el de la comunicación y la cultura, es decir, el ejercicio de la justicia para poner a salvo a la población ante los crímenes comunicacionales que se cometen masiva e impunemente. Nadie puede decir que la violencia mediática, y sus linchamientos, no son una calamidad mundial. Es un espectáculo terrible, un crimen contra el pueblo, es crucial quebrar el dominio de la impunidad y su caracterización como realidad intocable e irreversible. No será el miedo a la obviedad lo que silencie las aclaraciones de combate.

La oligarquía ataca cuidando los intereses suyos y los de sus secuaces, con adjetivos lapidarios, con el plan macabro que se sustenta en la hegemonía de la industria militar yanqui, en su crimen organizado y en sus máquinas de guerra ideológica. Y se sustenta, claro, con el servilismo y la complicidad de las jaurías asesinas que han secuestrado gobiernos en todo el planeta. Algunos se hacen llamar “periodistas”.

Un mundo con justicia comunicacional y cultural, en paz, sin explotados, sin hambre, sin clases sociales… sólo puede ser conquistado por quienes luchan para contribuir a enterrar al capitalismo y por quienes luchan por el reino de la justicia social. Es crucial tener muy claro, esclarecer, que debemos protegernos y atacar, al mismo tiempo, para defendernos de un colonialismo “multipolar” nuevo. Hay que romper sus paradigmas económicos y culturales que son vertederos de lógica imperial y arrogancia burguesa. Desactivar las formas del engaño por más “ilusionista”, “generoso”, “progresista”… que se disfrace, porque se trata de inoculaciones de “falsa conciencia” dirigidas contra los pueblos, en todo el mundo y, muy especialmente, contra las iniciativas emergentes del Sur, que deben asumir sin engaños el rol emancipador que están obligadas por exigencia de los pueblos.

Una red de Fiscalías Especializadas en Delitos Comunicacionales, en manos de los pueblos y a nivel planetario, no se consigue sólo con voluntarismos nuevos; no se arregla entre “convenios de cooperación” ni con abrazos efusivos o apretones de manos diplomáticas. Está en medio el debate capital-trabajo y está la Historia horrenda y dolorosa a que ha sido sometida la humanidad por la barbarie y el despilfarro de las clases dominantes ahora multiplicadas, exponencialmente, para operar como un silenciador térmico capaz de desterrar del diccionario político de los pueblos, la palabra justicia y equidad comunicacional y cultural. Alerta, entonces, con palabrería anestésica especializada en fabricar dosis de reconciliación de clase y desmemoria macabra, sólo que con fachadas democratistas en comunicación. 

Exijamos acciones semánticas y políticas suficientes para que la justicia comunicacional no sea un espejismo de género nuevo, ideado por los “think tanks” de moda en el “top ten” del saqueo y la explotación “revival” donde la clase trabajadora aparece condenada siempre a pagar esa pachanga. No vamos a engañarnos.

Mejor que la justicia a secas, es la justicia de pueblos libres, la que nos permita mirarnos fraternal y solidariamente con la participación que no esclaviza, la que se hace rigurosa en el combate al hambre, a la explotación y al saqueo, la que no depreda al planeta ni a los seres humanos. Es mejor la justicia que no esconde las vergüenzas propias como a la “loca de la casa”. Es mejor la justicia que exhibe las heridas que el capitalismo le ha infligido y demuestra cómo se lucha contra los males endógenos y exógenos con un plan emancipador, desde lo económico hasta lo intelectual. Es mejor la justicia que no esconde la explotación de los obreros ni en China, ni en Rusia ni en donde exista. Por esa justicia de los pueblos emancipados es que se lucha desde hace mucho tiempo, es la que anhelan quienes luchan por la unidad en la que nada tenemos que perder. Saquemos cuentas.

Fernando Buen Abad Domínguez

Domingo, 29 de Julio 2018
Telesur, Suramérica
           


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