Vacaciones de yoga y autoconocimiento


Necesitaba un escape, unas vacaciones que me sacaran de la rutina y que me dieran algo más que llaveros y fotos, así que cuando mi centro de meditación en Nueva York organizó un viaje para practicar yoga dos semanas en la India, decidí ir.



Vacaciones de yoga y autoconocimiento
Volé a Nueva Delhi y al día siguiente viajé varias horas en autobús hasta Rajastán, en el norte de India. Las carreteras llenas de baches se extendían como serpentina en el camino y llevaban a calles aún más estrechas con tiendas y casas de una sola habitación. Al lado de las calles había hombres, mujeres y niños ataviados con ropas coloridas.
Nos hospedamos en el antiguo palacio de un marajá en una colina sobre la población de Samode que se convirtió en un hotel de lujo. El hotel, llamado el Palacio de Samode, hace que los huéspedes se sientan como de la realeza y su personal es atento todo el tiempo. Cuenta con jardines hermosos, una alberca con vista a las montañas y habitaciones decoradas exquisitamente. En cuanto al yoga, nos reunimos en un enorme salón con arcos, balcones y candelabros. Las paredes estaban decoradas con azulejos coloridos y el sol se proyectaba brillantemente por las ventanas.
Algunos habitantes de Samode trabajan en el Palacio, mientras que otros, artistas locales y artesanos dependen de los turistas que compran sus ropas, joyería y piezas de arte. Me puse de acuerdo para comprarle un vestido a una costurera que vive en una sola habitación con más de 20 hijos. No había sillas ni mesas, un bebé estaba en el piso junto a su máquina de coser y una montaña de tela y ollas de cocina.

Cada mañana, nuestro grupo pasaba cuatro horas practicando yoga, meditando y escuchando enseñanzas o filosofía. Me sorprendí al descubrir que esas prácticas, a diferencia de aquellas que se realizan en muchos gimnasios de Nueva York, no eran difíciles físicamente, sino emocionantes, intensas y mentales.
La meta de esos ejercicios, si es que existe una meta, es concentrarse para experimentar un nivel de conciencia llamado Samadhi, o quietud, y conocerse a uno mismo. Llegué a amar esas mañanas de meditación en el palacio en las que podía alcanzar un estado celestial de quietud interna. Sin emociones, necesidades, temores y preocupaciones, sólo paz, lo que me permitía tener la cabeza limpia concentrada todo el día.
En las tardes, Gagu, un artista local en Samode, se ofrecía de forma voluntaria para ser nuestro guía. Me sentó en la parte trasera de su motocicleta mientras otro guía se llevó a alguien más del grupo y pasamos a toda velocidad junto a niños, cerdos y cabras. Los pequeños sonreían a nuestro alrededor en las calles y yo les regalaba cocholatitos. Nos detuvimos en una tienda donde compré 200 libretas, bolígrafos y más dulces por seis dólares. Gagu me llevó a una escuela y ahí entregamos lo que compré, que fue suficiente para todos los niños.
Jaipur y Nueva Delhi estaban atiborradas de gente, motocicletas, ganado, coches, carretas, camiones y bicicletas. El tráfico corría en todas direcciones. Me daba miedo que nuestro camión sufriera un accidente pues cada coche violaba una regla de tráfico distinta.
Como extranjera me seguían en las calles y me asediaban hasta el momento en el que me podía subir a un camión. Me sentía impotente cuando trataba de alejarme de las mujeres que pedían limosna cargando a sus bebés, cuando quería separarme de la interminable ola de gente que incluía a los viejos, los enfermos y los innumerables niños.

En Nueva Delhi entré, con algunos integrantes del grupo de yoga, a una tienda y encontramos a un sij, Faté Birdi, que se presentó como sanador. Faté es un hombre redondo con barba y una sonrisa eterna. Utiliza una especie de tazones de metal que golpea con un bastón para determinar donde están bloqueados los chakras, o centros de energía, de sus pacientes.
En Estados Unidos habría pensado que era un loco, pero algo me impidió salir. Al final pasamos horas en la pequeña tienda de Faté, tomamos té y conversamos. Me hizo un análisis sorprendentemente acertado de mis relaciones pasadas y actuales, e hizo lo mismo con mis compañeros. Después colocó uno de sus tazones metálicos en mi cabeza, en mi plexo solar justo abajo del esternón, y en mi estómago. Usó el bastón para que el tazón sonara y vibrara, era como si me hicieran cosquillas. Cuando me levanté sentí cómo si me hubieran hecho un masaje por dos horas. Nunca nos pidió dinero, en algún momento me dijo que se siente rico.
En mi último día en India fui al monumento memorial de Mahatma Gandhi. Otras personas me habían aconsejado no ir, les parecía que no era seguro que fuera sola y además decían “no hay nada que ver”. Pero la simplicidad del lugar resultó ser exactamente lo más importante.
Un hombre con una carreta de pasajeros me llevó a Raj Ghat, donde cremaron a Gandhi en 1948 a la orilla del río Yamuna en Nueva Delhi. Deambulé por ese campo de hierba plana y eso me llevó a la piedra negra conmemorativa.

Me senté y sopló la brisa. Recordé todo lo que había visto y sentido en India. Hasta antes de hacer el viaje había pensado en el yoga como un ejercicio y su filosofía como algo innecesario para mi ajetreada vida en la ciudad. Ahora comenzaba a entenderlo como la base para una existencia simple, caritativa y feliz. Prometí continuar con mi práctica de yoga y meditación al regresar a casa. Estaba clara la diferencia que había hecho para mantenerme con calma, consciente y prestando atención al mundo que me rodea. Ese es el mejor souvenir de viaje.
Lunes, 28 de Diciembre 2009
El Diario La Prensa, Nueva York, Estados Unidos de América
           


Nuevo comentario:

Noticias | Política | Ideas | Personalidades | Doctrinas | Cultura | Patrimonio cultural | Libros | Diálogo | Investigación | Literatura | Artes | Educación | Comunicación | Ciencia | Entretenimiento | Turismo | Sociedad | Deporte